Religión Digital

La cultura de la protección de menor en la Iglesia va cobrando cada vez más urgencia debido a los escándalos de abusos sexuales que han explotado desde los Estados Unidos hasta Australia. Por eso, el Instituto Teológico de Vida Religiosa de Madrid ha organizado la noche de este jueves una charla de María Rosaura González Casas, stj -miembro del Centro de Protección del Menor de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma- para concienciar sobre esta realidad, y para formar sobre cómo hacer de la Iglesia un lugar más seguro para los más jóvenes.

Los datos que aportó la teresiana mexicana en vídeoconferencia desde Roma son escalofriantes. Aunque nos parezcan demasiados ya, las estadísticas que manejan las autoridades de los Estados Unidos, por ejemplo, indican que solo del 4%-9% de los abusos son denunciados. La cifra real de víctimas puede ser tan alta como uno de cada cinco niñas y uno de cada veinte niños. Y el problema no solo es las agresiones en persona, como ha apuntado la religiosa. También la cultura de pornografía está amenazando a los jóvenes, y puede ser considerada como un abuso sexual. “Es una emergencia” la de los abusos y la sexualización de los niños “que está consumada en el silencio y en la soledad”, ha denunciado. Simplemente, “no puede ser”.

Pero, ¿qué constituye exactamente un abuso, y qué consecuencias trae? González Casas ha utilizado palabras como “violencia”, “transgresión” o “trauma”. El abuso como fenómeno que “desborda”, “abruma” y “afecta a la totalidad de la persona”. En suma, el abuso “daña los más profundo del ser humano, en su identidad: su ‘yo'”. Tanto en el nivel corporal a través de la somatización de la experiencia, como a nivel psicosocial, como una sensación de impotencia, bajo autoestima o desconexión afectiva. Y también a nivel psicoespiritual, como sentimiento de abandono de Dios. “Por eso es un sacrilegio”, ha recalcado la religiosa. “Un crimen religioso”.

Y ¿cómo se puede ayudar mejor a un abusado? Primero, hay que entender que la agresión trae un proceso de duelo que dura toda la vida. La víctima ha de atreverse a denunciarlo, y el miedo a no ser creída puede traer sensaciones de shock, desorientación y negación. Después viene la rabia, la humillación, y el enojo, acompañado por tristeza, desesperación, y culpa. Ansiedad, también -la búsqueda de un significado- amargura, depresión, un reclamo a la vida… hasta que consiga construir una nueva vida.

Todo eso vale para los abusados en general, pero el contexto de la Iglesia presenta algunas particularidades, tanto en la prevalencia de los abusos como en su prevención. Y he aquí la clave que ha aportado la religiosa González Casas. Frente a la tentación de algunos en la Iglesia de dejar que siga siendo una “fortaleza” -dando por sentado estructuras “cerradas” como la jerarquía o la obediencia ciega que tantos practican- hay que hacer que prevalezca la Iglesia como “sistema abierto”. Sobre todo, promoviendo una relación realmente evangélica entre el pueblo de Dios y el sacerdote. Eso es, el cura no como un ser elevado y aparte como “alter Christus”, sino uno más de los muchos fieles que sirven en una comunidad de creyentes en la confianza mutua.

“Se necesita como un grito un cambio de actitud a nivel de sistema para una conversión y renovación reales”, ha recalcado González Casas: “la cultura clerical es una cultura de encubrimiento”. Por eso es tan importante la promesa del Papa Francisco de “no escatimar esfuerzos” en la erradicación del clericalismo.